Lejos del centro: reflexiones desde el terreno en Kolda

Léna Rivalland

Llegar y trasladarme al África subsahariana por primera vez ha sido una experiencia más confrontadora de lo que esperaba. Cuando viajé en coche de Dakar a Kolda por primera vez, recuerdo la sorpresa que me provocó el movimiento constante de la gente, las calles y tiendas llenas de vida a altas horas de la noche en pueblos remotos, el ruido interminable, el comercio, la negociación y, en definitiva, ese impulso permanente por sobrevivir. Gente gritando, coches tocando el claxon, motos circulando mucho más rápido de lo que deberían y dejando tras de sí una corriente insoportable de humo, humedad en el aire, familias reuniéndose para una cena tardía en la tienda o el taller familiar, mujeres intentando vender fruta en una rotonda, burros cruzando la carretera de forma inesperada, la melodía del adhan mezclada con los sonidos del tráfico urbano. Esos fueron los primeros fragmentos de Senegal que absorbió mi mente.

Al acercarnos a Kolda, después de cruzar el territorio gambiano, recuerdo la calma repentina, el aumento del número de árboles a ambos lados de la carretera y la menor presencia visible de personas: un cambio general en el ecosistema. La hierba se volvió más verde y el paisaje natural, más exuberante. Al mismo tiempo, los pueblos parecían más rurales que antes, como si pertenecieran a una realidad temporal y espacial distinta. Así fue como experimenté por primera vez la distancia y el aislamiento de Kolda y, en general, de la región de Casamance respecto al resto de Senegal, antes de enfrentarlo profesionalmente a través del trabajo de Alianza y, en el plano personal, mediante el aislamiento tangible que se siente en el transporte y en el acceso general a servicios básicos.

Esta realidad suele describirse en términos institucionales como centralización: el poder y los recursos principales de un país se concentran en un centro dominante y se distribuyen desde allí hacia la periferia. Especialmente como ciudadana francesa, no pude evitar observar cierta ironía al reconocer los fallos políticos de Francia en materia de descentralización, reproducidos en Senegal de una forma muy similar, con una estructura administrativa casi idéntica. Al reflexionar sobre esta cuestión y tras enfrentarme a ejemplos concretos, llegué a pensar que, si a las personas francesas suele costarles convivir con el lugar central que ocupa París, las personas senegalesas —y especialmente quienes viven en la región de Casamance— deben sufrir aún más el peso del poder central de Dakar.

Esta centralización no se impone únicamente en términos económicos y administrativos como herencia del dominio colonial francés, sino también a través de la partición colonial del territorio entre Francia, Portugal y Reino Unido, con la imposición de Gambia como enclave dentro de Senegal. A ello se suma la separación natural de la región respecto al resto del país a través del río Casamance, considerado una frontera natural entre el África saheliana y la sabana tropical.

Además de dificultar materialmente la vida de las personas de la región y alimentar su sensación de no pertenencia al resto del país, así como su falta de confianza en el sistema político senegalés, esta centralización también desempeña un papel clave en el mundo de las ONG y, en particular, en la ejecución de los proyectos de Alianza.

Durante unos grupos focales en una zona rural sobre empleabilidad, recuerdo que un joven estudiante mencionó la centralización como el principal problema de su país y como uno de los mayores obstáculos para que la juventud pueda construir una vida económica estable. Por eso reclamaba la necesidad de “descentralizar”. Sus palabras reflejaban una frustración común entre jóvenes que viven en zonas rurales y que ven su futuro bloqueado por un sistema que privilegia determinados territorios y ofrece muy poco a cambio a quienes viven lejos del centro. Esto se traduce en una falta de empleo y de oportunidades para la juventud en la región de Kolda. Es habitual ver a jóvenes sentados pacientemente en la calle durante todo el día, esperando a que alguien solicite un trayecto en moto y, sobre todo, esperando que algún acontecimiento inesperado los saque de esa situación.

Sin embargo, esta descripción solo se refiere a una pequeña parte, aunque más visible, de la población que vive aquí. Las calles y aldeas de Kolda están llenas de historias de lucha por sobrevivir, marcadas por la distancia y por la escasez de recursos disponibles.

En el desarrollo de proyectos, este obstáculo persiste: escasean las personas expertas en la zona, faltan actores locales en los que apoyarse, la mayoría de los servicios se concentran en Dakar, hay pocos datos disponibles sobre la población de la región y Kolda suele quedar fuera tanto de las políticas públicas como de los proyectos financiados por el Estado.

Como voluntaria de Alianza, este ha sido uno de los desafíos más llamativos que he observado hasta ahora en Senegal, entre muchos otros. Sin embargo, me parece una cuestión crucial porque afecta directamente a nuestra vida cotidiana y, además, los efectos de la centralización están presentes en casi todos los aspectos de nuestro trabajo: desde la falta de datos y recursos hasta la dificultad para construir alianzas a nivel local, ya que el acceso a muchos servicios de apoyo depende a menudo de contactos e infraestructuras concentradas en Dakar.

A veces puede parecer que no existen soluciones sostenibles a largo plazo. Pero esta experiencia también me está enseñando mucho: estoy aprendiendo a adaptarme, a encontrar soluciones creativas con medios limitados y valoro especialmente la manera en que mis compañeras y compañeros afrontan estos obstáculos con ingenio y con un compromiso firme con las comunidades con las que trabajamos. Trabajar junto a ellas y ellos desde el inicio de mi experiencia de voluntariado ha sido motivador y enriquecedor. Por eso, espero seguir profundizando en la comprensión de estos desafíos durante los próximos meses en Senegal y reflexionar sobre cómo pueden abordarse mejor en el futuro.

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