La deuda, el freno silencioso a la acción climática
Los países más vulnerables al cambio climático gastan casi 25 veces más en pagar su deuda que en enfrentar la crisis climática. El nuevo informe que acabamos de publicar muestra que el pago de la deuda absorbe hasta el 65% de los ingresos públicos de estos países, dejando sin recursos las políticas de adaptación, resiliencia y protección social que sus comunidades necesitan con urgencia.
¿Cuánto dinero está en juego?
- El Sur Global paga 225 veces más en deuda de lo que recibe en financiación climática: 8,8 billones de dólares en pagos de deuda en 2026, frente a 39 000 millones de dólares recibidos en subvenciones climáticas en 2024.
- El 93,5% de los países más vulnerables están sobreendeudados o en riesgo significativo de estarlo.
- Cancelar esa deuda permitiría multiplicar hasta por seis la inversión en planes climáticos nacionales.
Deuda y cambio climático: un círculo vicioso con nombre y apellidos
El informe, «La deuda alimenta la crisis climática: así se mueve el dinero», analiza los 65 países más vulnerables al cambio climático y confirma un patrón que se repite: los desastres obligan a pedir préstamos, la devolución de esos préstamos impone austeridad, la austeridad recorta servicios públicos y empuja a más extracción de combustibles fósiles, y esa extracción alimenta el siguiente desastre.
Precisamente, los países más afectados por el cambio climático son los que menos han contribuido a la crisis climática y a las emisiones de GEI; por ello los países del norte global y más industrializados tienen el compromiso de proporcionar financiación climática a los países más afectados.
«Durante demasiado tiempo, las crisis de la deuda y del clima se han tratado por separado. Esta investigación pone al descubierto lo estrechamente conectadas que están y cuantifica el devastador coste que implica.»
Arthur Larok, secretario general de ActionAid International
El caso de Senegal: una cifra que lo dice todo
En Senegal, el pago de la deuda en 2026 supera en más de 600 veces el presupuesto que el país destina a la acción climática, y absorbe el 96% de sus ingresos públicos. Ese nivel de asfixia financiera está retrasando directamente la inversión en agroecología, una solución liderada por las propias comunidades que podría fortalecer al mismo tiempo la seguridad alimentaria, los medios de vida rurales y la resiliencia frente a sequías e inundaciones cada vez más frecuentes.
Khaita Sylla, directora nacional de ActionAid Senegal, lo traduce en términos que no dejan lugar a dudas: «En Senegal, las señales de alarma no pueden ser más claras. Detrás de estas cifras hay decisiones imposibles entre pagar la deuda e invertir en agroecología, servicios públicos y resiliencia climática. Las mujeres y las niñas, que soportan la peor parte de los impactos climáticos, se ven después desproporcionadamente afectadas por los recortes en los servicios públicos, incluso cuando lideran soluciones para un futuro más resiliente.»
Por qué las soluciones lideradas por comunidades no reciben el dinero que necesitan
Parte del problema es cómo se contabiliza la propia «financiación climática». Dos tercios de lo que los países ricos presentan como ayuda climática llega en forma de préstamos, no de subvenciones, muchos de ellos a tipos de interés comerciales elevados. En el caso de España, más del 85% de la financiación climática dirigida al Sur Global se canaliza también vía préstamos. El resultado es una ilusión de apoyo que, en la práctica, hunde todavía más en la deuda a los países que se supone debe ayudar.
Teresa Anderson, responsable global de Justicia Climática en ActionAid International y una de las autoras del informe, describe el mecanismo como una trampa de varios frentes: «La deuda es un triple golpe para el clima: impulsa la expansión de los combustibles fósiles y la agricultura industrial, bloquea la acción climática vital y deja a las comunidades peligrosamente expuestas cuando ocurren desastres.»
«Se trata de una relación tóxica. Los países se endeudan para reconstruirse, la austeridad debilita su resiliencia, y las presiones de pago impulsan más extracción, alimentando el siguiente desastre. Necesitamos una ruptura: cancelar la deuda injusta e insostenible, dejar de obligar a los países a endeudarse para sobrevivir a los impactos climáticos, y entregar la financiación climática en forma de subvenciones y no de préstamos. Este círculo vicioso puede y debe romperse.»
Teresa Anderson, responsable global de Justicia Climática en ActionAid International

La voz de la próxima generación
Durante la Semana Mundial de Acción Climática (14-20 de septiembre), en la que ActionAid se une a jóvenes activistas y movimientos sociales de todo el mundo para exigir a gobiernos e instituciones financieras internacionales que afronten juntas las crisis de la deuda y el clima. Las movilizaciones forman parte de la campaña #FundOurFuture, que reclama la cancelación de la deuda, un futuro libre de combustibles fósiles y una financiación basada en subvenciones —no en préstamos— para la adaptación, la transición justa y soluciones comunitarias como la agroecología.
Michael Mwansa, joven activista climático y responsable de Justicia Climática de ActionAid Zambia, pone rostro generacional a estas cifras: «En Zambia, los jóvenes vivimos con las consecuencias de decisiones tomadas en salas de juntas lejos de aquí: la deuda está asfixiando nuestro presupuesto nacional mientras los impactos climáticos amenazan los medios de vida, la energía, la agricultura y las oportunidades. Pero no nos limitamos a soportar estas consecuencias: estamos organizando a nuestras comunidades, compartiendo soluciones y exigiendo que se nos tenga en cuenta en las decisiones que dan forma a mi país y a nuestro futuro.»
«Mi generación y las que vienen merecen algo más que un futuro definido por la deuda y los riesgos y desastres climáticos. Merecemos que se nos escuche, recursos para actuar y la oportunidad de construir un futuro más seguro en nuestros propios términos.»
Justicia climática y cancelación de deuda ¿Qué pedimos?
Nos dirigimos a gobiernos e instituciones financieras internacionales para pedir:
- la cancelación de la deuda impagable o injusta de los países que destinan más del 10% de sus ingresos al pago de deuda externa;
- acordar una norma universal que suspenda automáticamente los pagos de deuda tras un desastre climático, aplicable a todos los acreedores;
- crear una Convención Marco de Naciones Unidas sobre Deuda Soberana con voz igualitaria para los países endeudados;
- y garantizar que la financiación climática llegue en forma de subvenciones, no de préstamos ni de otros instrumentos que generen más deuda.
Romper esa relación tóxica, no es solo una cuestión de justicia financiera: es una de las palancas más potentes, y menos exploradas, para liberar recursos propios de los países a una escala que pocas otras medidas climáticas pueden igualar.









