Ramadán en Nouadhibou: de la calma a la vitalidad

Por Federica Cordova

Soy Federica, voluntaria de Alianza por la Solidaridad – ActionAid en Nouadhibou, una de las ciudades más conocidas de Mauritania, situada a orillas del océano Atlántico.

Hace poco más de un mes que llegué al país. Aterrizé el 11 de marzo, y desde el primer momento, todo me resultó extraño. Era una mezcla intensa de emociones difíciles de describir.

El trayecto desde Nuakchot hasta Nouadhibou fue toda una aventura. Viajé en una camioneta conducida por un chófer que solo hablaba hassanía. Atravesamos por completo el desierto, y a lo lejos, de vez en cuando, se asomaba el océano, acompañado de grupos de dromedarios.

Un dromedario en la carretera de Nouadhibou

Después de pasar por una docena de controles militares y seis horas de viaje, llegamos a Nouadhibou… donde descubrí que no había agua en casa.

Llegué cuando el Ramadán ya había comenzado hacía unos días. Desde el principio, se respiraba un ambiente muy particular: todo parecía ralentizado, casi suspendido. Durante el día, las calles estaban casi vacías, las tiendas abrían en horarios limitados y la ciudad entera parecía entrar en una especie de hibernación, que solo se rompía por la noche, cuando algunas personas salían de sus casas.

Lo que más me impactó al principio fue cómo se relacionaban conmigo. Había un clima general de tensión, un nerviosismo palpable que también se notaba en las relaciones personales. Al principio me inquietaba. No sabía si tenía que ver conmigo, con mi presencia como extranjera, o con algo más profundo del contexto.

Nouadhibou – quartier Dubai

Poco a poco, empecé a entender mejor la situación. El Ramadán no es solo un mes de ayuno, sino también un periodo de gran esfuerzo físico y espiritual. Muchas personas pasan el día entero sin comer ni beber, soportando un calor agobiante. En ese estado, hasta tareas simples como trabajar, conversar o sonreír se vuelven muy difíciles.

El verdadero cambio llegó con el fin del Ramadán.

Casi como por arte de magia, Nouadhibou se transformó. Las calles se llenaron de vida, las miradas eran diferentes. De repente, empecé a recibir sonrisas, gestos amables, invitaciones a sentarme y a conversar. Lo que antes me parecía una ciudad cerrada y casi hostil, reveló un lado cálido y hospitalario.

También en lo profesional el cambio fue notable. La segunda actividad en la que participé tuvo lugar en abril, ya finalizado el Ramadán, y la diferencia fue clara: los participantes estaban presentes, motivados, llenos de preguntas y curiosidad.

Había entusiasmo, ganas de debatir, de involucrarse. Fue emocionante ver cómo, en tan poco tiempo, la energía colectiva, la participación y el compromiso podían cambiar tanto.

Taller sobre el mapa del cambio en Nouadhibou

Esta experiencia me enseñó algo fundamental: para comprender de verdad un lugar y a quienes lo habitan, hay que observar con paciencia y sin prejuicios. El contexto cultural y religioso influye profundamente en la forma en que las personas viven y se relacionan. Solo poniéndose en su lugar es posible entender ciertos comportamientos.

Aún me queda mucho por conocer de Nouadhibou y de la cultura mauritana. Me esperan seis meses de aprendizajes, pero ya he comprobado que el tiempo y el respeto por las tradiciones ajenas pueden convertir una experiencia difícil en un verdadero intercambio y crecimiento personal.

Nunca olvidaré el silencio casi místico de los días del Ramadán, ni la energía contagiosa que llenó la ciudad al final de ese periodo.

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