Cholitas escaladoras, luchadoras, políticas: las que están reescribiendo las cimas
Por Jeanne Martorello
Cuando llegué a Bolivia, la palabra «cholita» me fascinaba. Una silueta reconocible entre muchas: pollera ancha y colorida, largas trenzas, sombrero bombín. Pero detrás de esa estética, no conocía ni la historia, ni la fuerza que representaba. Para ser sincera, observaba sin comprender.
Y poco a poco, viviendo aquí, observando, leyendo y sobre todo escuchando, descubrí que las cholitas no son una “curiosidad cultural”. Son un símbolo vivo de resistencia, de orgullo y de transformación social. Y hoy, no solo existen en el espacio público: lo están redefiniendo.

De la invisibilidad al poder visible
Durante mucho tiempo, “cholita” era un insulto. Una palabra usada de forma despectiva para señalar, reducir, ridiculizar. Ser mujer indígena, vestir pollera, caminar por la calle con trenzas, era estar expuesta a la marginalización, a la pobreza, al desprecio.
Pero con el tiempo, y sobre todo gracias a la fuerza colectiva de estas mujeres, el término se resignificó. Hoy, llamarse cholita es una reivindicación identitaria. Una manera de decir: “aquí estoy, con orgullo, sin necesidad de disfrazarme para existir en la modernidad”.
La vestimenta tradicional se ha convertido en un símbolo político, una forma de ocupar el espacio, de recordar la historia, de encarnar una memoria colectiva muchas veces silenciada.

Las cholitas escaladoras: subir para existir
Pero también están las que suben aún más alto. Literalmente. Las cholitas escaladoras —esas mujeres que suben las cumbres de la Cordillera Real, a más de 6.000 metros de altura, vestidas con su pollera— han dado la vuelta al mundo. Se han convertido en un símbolo de superación, empoderamiento y afirmación.
Su mensaje es claro: ser cholita no es un obstáculo, es una fuerza. Y su vestimenta, lejos de limitarlas, las impulsa. Suben porque durante generaciones les dijeron que se quedaran abajo. Y lo hacen en grupo, unidas, como hermanas.
No es un detalle menor. En Bolivia, como en muchos lugares, las mujeres indígenas suelen ser las más invisibilizadas y precarizadas. Verlas llegar a la cima, en todos los sentidos, es romper narrativas. Es crear nuevas posibilidades.
Las cholitas luchadoras: golpear los estereotipos
En los rings de lucha libre de El Alto, otras cholitas pelean otro tipo de batalla. Con una energía impresionante, mezclan espectáculo, autodefinición y resistencia.
La lucha libre de cholitas, más allá del entretenimiento, es también una manera de reapropiarse del propio cuerpo. Un cuerpo que muchas veces fue reducido a la docilidad, al sacrificio silencioso, a la maternidad obligada. En el ring, ese cuerpo salta, golpea, se eleva. Sorprende, incomoda, emociona. Pero sobre todo, se impone.

Las cholitas políticas: hablar, decidir, liderar
También son cada vez más las que participan activamente en la política. Algunas son concejalas, otras lideran organizaciones de mujeres, conducen programas de radio o impulsan luchas por los derechos y contra las violencias.
Pero ahí también enfrentan múltiples discriminaciones: racismo, sexismo, clasismo. Su presencia incomoda. Sus voces muchas veces son vistas como “demasiado fuertes”, “demasiado directas”, “poco modernas”.
Y aun así, siguen. Transforman las instituciones desde adentro, a su ritmo, con sus códigos.
Reescribiendo las cimas, juntas
Lo que más me impresiona en todas estas mujeres es su constancia, su dignidad, su fuerza tranquila. No hay revancha agresiva, ni deseo de imitar modelos ajenos. Hay una resistencia profunda, colectiva, silenciosa y poderosa.
Las cholitas no están esperando que alguien las valide. Ellas ya han creado sus propios espacios. Han inventado sus propios relatos.
Escalan, luchan, gobiernan. Y con eso, están reescribiendo las cimas. Nos muestran que la cima no es solo una cuestión de altura. Es un lugar conquistado. Es visibilidad. Es dignidad. Es estar de pie, justo donde muchos no esperaban que estuvieran.





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