Manifiesto 29N. Por ti, por mí, por todas
Casi todas lo hemos vivido o lo tenemos muy cerca: no poder irse de casa de los padres, cuidar sola de una madre mayor, llevar meses esperando un papel para poder trabajar con derechos. Nos han enseñado a vivirlo como un fracaso personal, pero no lo es. Es el resultado de decisiones políticas: cómo se reparte la riqueza, en qué se invierte y a quién se protege.
Todas las personas queremos lo mismo: una vida tranquila, tiempo para cuidar y ser cuidadas, poder decidir sobre nuestro futuro y no tener miedo. Lo queremos para nosotras, para quienes tenemos al lado, para nuestras vecinas y para quienes viven lejos, porque nuestras vidas están más conectadas de lo que parece.
El 29 de noviembre se decide mucho de eso. Se decide también qué sociedad y qué futuro queremos construir juntas.
Vivir dignamente no debería ser un privilegio
Un alquiler que se come la mitad del sueldo, una independencia que se aplaza año tras año, cuidados que recaen, casi siempre, en las mujeres de la familia o en mujeres migrantes que cuidan lejos de la suya. Cuando se recortan los servicios públicos, las mujeres lo pagan tres veces: como trabajadoras de esos servicios, como usuarias y como quienes acaban cubriendo con su tiempo lo que el servicio deja de hacer. No se puede decir que la economía va bien si una generación entera no puede hacer planes.
Lo que está en juego es la posibilidad de construir una vida propia. Y no falta esfuerzo individual: falta que la vivienda se trate como un derecho y no como una inversión, y que los cuidados se reconozcan como lo que sostiene todo lo demás. Y faltan unos servicios públicos que acompañen, impulsen y no dejen a nadie atrás, especialmente cuando más se necesitan.
Las soluciones pasan por una vivienda pública asequible, servicios públicos que no dependan de la renta de cada familia y condiciones dignas para quienes cuidan. Son millones de mujeres que sostienen la vida en sus comunidades, aquí y en otros países, y sabemos que cuando el cuidado de esa vida se organiza de forma colectiva, gana toda la sociedad.
Una sociedad en la que nadie quede fuera
Señalar a las personas con las que compartimos la vida solo siembra miedo. Y el miedo abre la puerta a recortar derechos que dábamos por sentados: decidir sobre nuestra vida, volver a casa tranquilas, tener las mismas oportunidades.
Lo que está en juego es la convivencia. Cuando se busca a alguien a quien culpar, sea la vecina migrante o la mujer que denuncia, solo se consigue erosionar los derechos de todas. La violencia machista sigue acosando, violando y matando cada año, y más de un millón de personas que ya viven y trabajan aquí siguen esperando a poder hacerlo con derechos.
Queremos vivir en barrios acogedores, donde nadie tenga miedo de volver sola a casa y donde a nadie se le trate peor por su color de piel, su origen o su acento. Una sociedad así se construye con igualdad de trato, con protección real para las mujeres que sufren violencia y con vías legales y seguras para que nadie arriesgue su vida para acabar viviendo en la sombra. No son privilegios: son derechos.
Nuestro futuro también se decide fuera de nuestras fronteras
La mujer que cuida de tu abuela manda cada mes dinero a sus hijos, que estudian a miles de kilómetros, en un lugar donde la sequía ha vaciado los campos y apenas les llega para comer. El humo de los incendios de este verano y esa sequía son parte de la misma crisis climática. Las guerras y conflictos que vemos cada día en nuestras pantallas siguen arrancando la vida de quienes soñaban con tener un futuro.
Lo que está en juego es la justicia: una justicia climática y social y una paz feminista que hagan de nuestro planeta un lugar donde todas las personas puedan vivir con dignidad y sin miedo, sin la incertidumbre de no saber si despertarán al día siguiente.
Hay que mantener y cumplir los compromisos con quienes menos culpa tienen de la crisis climática y por apostar por la cooperación, una de las pocas herramientas que tenemos para responder juntas a problemas que ningún país puede resolver solo. Y por construir un mundo en el que la paz no sea un anhelo lejano, sino una realidad tangible: con más derechos y no con más armas.
Lo conseguido juntas no se negocia
Sabemos que lo colectivo funciona porque ya lo hemos visto.
En 2017, partidos muy distintos aprobaron el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, tras años de movilizaciones feministas. En 2021 llegó la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, que impulsaron durante años los movimientos por el clima, como Fridays for Future. En 2023, una amplia mayoría aprobó una ley de cooperación que compromete a España a destinar el 0,7 % de su renta a la cooperación en el horizonte de 2030. Y en 2026, la regularización extraordinaria, empujada y sostenida por las personas migrantes organizadas y la sociedad civil, abre la puerta a que más de un millón de personas vivan y trabajen con derechos.
Nada de eso cayó del cielo. Lo empujaron movimientos feministas, ecologistas y de personas migrantes, organizaciones sociales y miles de personas durante años. Son acuerdos de país, no de un gobierno. Son la base de un futuro compartido, en paz, donde todas podamos vivir una vida plena. Ese futuro debe ser el horizonte y el motor de quien gobierne.
Ninguno de los problemas que debemos afrontar se resuelve en solitario. Necesitamos ser muchas y empujar juntas para resolverlos. El 29 de noviembre, vota pensando en los derechos de todas y anima a tu gente a hacerlo.
Por ti, por mí, por todas.










