Valentyna Telepnova, 85 años «No quiero irme a ningún sitio. Me quedaré aquí».

En la cara de Valentyna Terlepnova podemos leer cada año de los 85 que tiene. Ella es originaria de Myrnohrad, una ciudad minera conocida anteriormente como Dymytrov, en la región de Donetsk, actualmente parcialmente ocupada por el ejército ruso.

Durante más de cuatro décadas trabajó en la mina “Central”, participando en su construcción desde los inicios y desempeñando posteriormente funciones en operaciones y construcción. A lo largo de 42 años de servicio, se ganó el respeto tanto de sus compañeros, también de quién la dirigía. «Estoy orgullosa de mí misma», dice en voz baja. «Nunca falté al trabajo. Siempre trabajé con responsabilidad».

Esperando una evacuación

Su vida cambió en 2022, cuando la invasión a gran escala de Rusia alcanzó su ciudad. Los bombardeos destrozaron ventanas, destruyeron balcones y dejaron edificios destruidos. Los cristales cubrían las entradas y los patios. Un edificio contiguo a su casa fue alcanzado directamente: un proyectil impactó en la segunda entrada y explotó en el interior. El jardín de infancia recién inaugurado quedó completamente destruido.

«Daba miedo mirarlo», recuerda. «No había agua, no había electricidad. Cristales rotos por todas partes».

Finalmente, personas voluntarias respondieron a sus llamadas de ayuda y la evacuaron el 23 de agosto. Desde entonces, Valentyna, lleva ya un año y medio viviendo en el centro de acogida.

Centros de acogida para personas mayores desplazadas

Al principio, cuando llegó compartía habitación con otras tres mujeres. Hoy sigue viviendo en el centro, con su propio dormitorio, donde asegura sentirse segura y cuidada. El personal les proporcionó ropa, calzado, mantas y artículos básicos.

«De pies a cabeza», afirma. «Nos cuidan. No se puede ni expresar con palabras el agradecimiento».

A pesar de su edad, Valentyna mantiene una notable autonomía. Camina despacio hasta la tienda y la farmacia, e insiste en cuidarse ella misma. «Todavía puedo caminar, despacio, pero camino. Gracias a Dios».

La vida en el centro no se limita a garantizar la protección, la seguridad o los cuidados de mujeres como Valentyna. También se organizan sesiones de pintura, ejercicios físicos, talleres creativos y debates en grupo. Para Valentyna, estas actividades no son solo una forma de pasar el tiempo, sino un redescubrimiento.

«Fue la primera vez en mi vida que pinté así», dice sonriendo. «Formas bonitas. Incluso hicimos pequeños caballos con plastilina».

Gracias al apoyo humanitario que le está dando nuestra socia HelpAge, también ha recibido dispositivos médicos esenciales, como un tensiómetro y un medidor de glucosa, artículos que no habría podido permitirse por sí misma. «Nos preguntaron qué necesitábamos. Lo escribimos y todo lo que pedí me lo dieron. Todas las personas recibieron lo que solicitaron. Estamos muy agradecidas».

A pesar de las temperaturas bajo cero y de la escalada de violencia, cuando le preguntan si consideraría mudarse a otro lugar, quizá al extranjero, responde con una sonrisa, pero con  firmeza: «No quiero irme a ningún sitio. Me quedaré aquí».